domingo, 25 de mayo de 2014
jueves, 1 de mayo de 2014
Historieta argentina: hacia a una nueva edad de oro Por Diego Marinelli
Hubo un tiempo que fue hermoso... Y fue, más o menos, entre las décadas de 1940 y 1980. Durante aquellos años, en la Argentina las revistas de historietas solían llevar a los kioskos decenas de miles de ejemplares (¡por semana!) y constituían uno de los principales estandartes de la cultura popular. No mucha gente sabe que, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, este país fue una las "potencias" mundiales del género de las viñetas, un confín bastante remoto al que, sin embargo, emigraron algunos de los grandes creadores de la época, entre ellos el italiano Hugo Pratt, unánimemente considerado como uno de los mayores autores de cómics la historia y que aquí armó una dupla increíble con Héctor G. Oesterheld, el padre de "El Eternauta".
Aquella edad de oro dejó en la memoria colectiva revistas legendarias como Misterix, Rayo Rojo, Hora Cero, Aventura, El Tony, Intervalo y tantas otras, que (a diferencia de otros mitos editoriales de la talla de Billiken, Anteojito y todo el familión de Patoruzú) apelaban a un público de lectores de jóvenes-adultos, ávido de relatos de aventuras, guerras, épicas gauchescas, fantasías científicas, comedias y romances. Desde las páginas de aquellas revistas brotaron personajes de profunda raigambre popular como Nippur de Lagash, Dago, Lindor Covas. Nombres que poca cosa le dirán a los actuales fanáticos del cómic (encandilados con el manga japonés y los superhéroes), pero que seguramente marcaron a fuego a sus padres y abuelos.
Aquella edad de oro dejó en la memoria colectiva revistas legendarias como Misterix, Rayo Rojo, Hora Cero, Aventura, El Tony, Intervalo y tantas otras
Mucho antes de que la TV y la web se apoderaran de toda la atención, la historieta argentina ofició de vehículo de la fantasía y la lectura entre las masas. Y en torno de esa pasión argentina se desarrolló un candente magma de editoriales, dibujantes, guionistas y productos laterales, que explica el surgimiento de obras de alcance universal como Mafalda y talentos como el propio Quino, Oski, Fontanarrosa, Horacio Altuna, Juan Giménez, José Muñoz y Carlos Sampayo, entre muchísimos otros, que alcanzaron un altísimo reconocimiento fuera de nuestras fronteras.
Por diversas razones (cambios de hábitos del consumo cultural, la eterna crisis económica argentina...), hacia fines de la década de 1980, aquel jardín florido se convirtió en un desierto. Casi la totalidad de las revistas y editoriales cerraron sus puertas. Los autores se sostenían trabajando para "afuera" o directamente emigraron. La llama de la historieta resistía espartanamente en fanzines autogestionados, de nombres como Suélteme, Lápiz Japonés o El Tripero. La historieta argentina, al menos desde el punto de vista de una industria cultural, pasó la década del 90 y los primeros años del siglo XXI prácticamente en estado de extinción.
Las cosas comenzaron a cambiar paulatinamente tras la crisis de 2001. El renacer de la industria editorial local -de la mano de nuevas casas editoras, de carácter pasional e independiente-, le puso otra vez aire en los pulmones a la escena de los comics. Sin prisa y sin pausa, fueron brotando editoriales, autores, comunidades digitales y festivales que acabaron por dar forma a un entramado que hoy es la base de una escena de altísimos vuelos, sostenida por un público cada vez más numeroso y generacionalmente variado.
La historieta argentina renació de sus cenizas. Y no sólo eso: se prepara para vivir una nueva edad de oro
Los datos que reafirman esta hipótesis son unos cuantos. El primero es la conmovedora cantidad de dibujantes y guionistas que aparecen todos los años y su diversidad de estilos, de ideas, de formas de contar. El segundo, la consolidación de editoriales de todo el país que arrancaron su andar casi como una aventura demente -Doedytores, Historieteca, Llanto de Mudo, Loco Rabia, Común, La Duendes y tantas otras- que no sólo sobreviven, sino que cada día lanzan más y mejores títulos, complementando la incansable labor de la venerable Editorial de la Flor e impulsando de alguna manera a que "tanques", como Random House, comenzaran a publicar títulos de grandes autores de la historieta contemporánea internacional. Y, luego, está toda esa serie de multitudinarios eventos dedicados al género, desde los ya clásicos Animate y Viñetas Sueltas, hasta los más recientes Comicópolis (en Tecnópolis) y la ComiCon Argentina (con el guiño del gobierno porteño), que logran movilizar a miles y miles de fanáticos de las más diversas vertientes de la historieta.
Sin hacer demasiado ruido, sin mucha atención de los medios, arrastrada por la pasión de sus creadores y lectores, la historieta argentina renació de sus cenizas. Y no sólo eso: se prepara para vivir una nueva edad de oro. Huele a que sólo es cuestión de tiempo.
Fuente la Nación.
jueves, 17 de abril de 2014
The surrogates - creado y escrito por Robert Venditti
La historia de este comic transcurre en el año 2054 en un mundo en donde los seres humanos se han convertido en extremo sedentarios y para la interacción en el "mundo real", utilizan en reemplazo de sus cuerpos físicos a los "sustitutos", los cuales cumplen sus misiones cotidianas.
No existe el crimen y los sustitutos reflejan el grado de perfección deseada por los hombres.
Pero debajo de la fachada pulida de la sociedad cuasi perfecta no todo está bien. Existe un grupo religioso anti- sustituto dirigido por alguien denominado: "El Profeta", que intensifica las tensiones sociales.
Se produce un crimen el cual demanda la presencia real de un joven detective cuyo nombre es Harvey Greer, quien se ve obligado a abandonar el uso de su sustituto particular para salir al mundo exterior y atrapar al culpable.
A medida que el caso avanza el propio Greer empieza a dudar de los beneficios de vivir la vida a través de los llamados sustitutos.
También existe una precuela titulada "The Surrogates: Flesh and Bone", que tiene lugar 15 años antes de la historia original.
Los sustitutos también se ha adaptado en una película llamada Surrogates, protagonizada por Bruce Willis.
La invención de la página"Iván Illich indagó el momento decisivo en que los textos dejaron de ser rollos leídos en voz alta para convertirse en páginas que reclamaban lectura silenciosa..."
La cultura digital es un océano cuyos límites desconocemos.
¿Estamos ante una transformación equivalente a la que Gutenberg trajo en el siglo XV con la imprenta de tipos móviles o se trata incluso de una renovación más profunda, comparable a la invención de la página en el siglo XII, estudiada por Iván Illich en su libro En el viñedo del texto?
La historia de Illich (1926-2002) parece, en sí misma, un manuscrito misteriosamente descifrado. Sacerdote austriaco, estudió filosofía en alemán e italiano, y aprendió croata, hindi, latín, griego clásico, inglés, español y portugués. El campo de sus intereses compite con el de una biblioteca borgiana. Teólogo, historiador, pedagogo, economista, filólogo, medievalista, ecologista, utilizó sus saberes para desenmascarar los lugares comunes de la modernidad. En México fundó el CIF (Centro Intercultural de Formación), destinado al estudio y la transformación de América Latina. En 1980 fue llamado a Roma para responder 80 preguntas sobre sus heterodoxas actividades. Rompió con el Vaticano sin recusar su fe. Congruente con su crítica de la medicina industrial, que convierte la enfermedad en un padecimiento lucrativo, padeció el cáncer sin analgésicos, consolándose, como un sabio chino, con la meditación y el opio.
A partir del análisis del Didascalicon , escrito por el benedictino Hugo de San Víctor en el siglo XII, Illich indagó el momento decisivo en que los textos dejaron de ser rollos leídos en voz alta para convertirse en páginas que reclamaban lectura silenciosa. Esto significó el paso de la lectura monástica a la escolástica, del entendimiento colectivo al individual.
La imprenta jubilaría a los copistas y multiplicaría la circulación de textos. La modificación que estudia Illich es más honda, pues atañe a la manera de leer. Hubo un momento en que el conocimiento se organizó al modo de un cultivo (página quiere decir "viñedo"), con párrafos, títulos e índice: "Las líneas de la página eran los hilos del enrejado que sostiene las viñas [...] El latín legere se deriva de una actividad física. Legere connota 'escoger', 'reunir', 'cosechar' o 'recoger'".
En la Antigüedad, leer se consideraba extenuante: "Los médicos helenísticos prescriben la lectura como alternativa a jugar a la pelota o pasear. La lectura presuponía que los frágiles o débiles no podían leer con su propia lengua". Con la invención de la página, la tarea demanda menos energía física; no se recita ante la comunidad: se dialoga en silencio con una mente lejana. Lo que se cosecha depende de lo que sembró el autor, pero también de lo que cultiva el lector. Esta dimensión personal y activa de la lectura es el embrión del Renacimiento.
Hugo de San Víctor escribió su Didascalicon o "libro de instrucciones" para reflexionar sobre los estímulos traídos por la paginación y el arte de discernir el texto. Leer por cuenta propia llevaría a cambios tan radicales como escribir en una lengua que no fuera el latín: "Un siglo más tarde, San Francisco escribe el primer poema en lengua italiana [...] El hijo de un mercader de Umbría, en los albores del siglo XIII, fue capaz de escribir su alabanza del sol y la luna como canción de amor vernácula".
En el claustro de San Víctor, un religioso pasó la página de la cultura, modificando la forma de leer. La galaxia digital nos enfrenta a un cambio semejante. Los textos circulan con ubicua celeridad en toda clase de aparatos. Lo más singular es que traen otro tipo de lectura. Los niños responden mensajes de texto mientras navegan en internet y hacen la tarea con pluma fuente.
La lectura en red recupera usos colectivos no ajenos a la oralidad. Illich recuerda que la palabra "rapsoda" significa "zurcidor". Se trata de alguien que enhebra historias, pero, sobre todo, de alguien que zurce a los hombres, integrándolos a un tejido que los trasciende. Las redes sociales son una versión prosaica de ese impulso homérico.
Una de las paradojas de la tecnología es que sus novedades pueden actualizar un atavismo. Twitter recicla el recurso de las máximas y los aforismos, y el chat renueva las polifónicas voces de la tribu.
En el siglo XII, la página aludía a un viñedo del mismo modo en que la pantalla cibernética alude hoy a la página.
Ignoramos lo que cosecharán los lectores por venir. Solo sabemos que la cosecha continúa.
Autor: Juan Villoro
miércoles, 22 de enero de 2014
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